El artículo anterior se proponía demostrar de qué manera ignoramos momentos valiosos por estar inmersos en las dinámicas del día a día. Los mismos son materializados, en el artículo anterior, en las miradas que al divagar en la nada absoluta, ocasionalmente se encuentran con otras. Se especificó, también, que las mismas suelen ser recurrentes en el transporte público y recordé que aquellos encuentros están caracterizados por ser amorfos, efímeros, pero que no obstante son a la vez, pequeñísimas vibraciones cercanos al concepto perfeccionista de  amor. (Relación que me ha permitido la libertad de denominar estos fenómenos como “amorfímeros”) El siguiente fragmento trata de dar razones del por qué, entonces, es que en aquellos momentos tan valiosos, los sujetos solo ven y no miran.

Los amorfímeros, descritos en el artículo anterior, son absolutamente valiosos más no nos percatamos de ellos porque priman su carácter efímero. Dicho esto, causa cierta intriga pensar que quizás el motivo por el que los sujetos los ignoran  no recae sobre el poder de la visión, porqué de ser así, su amigo y humilde narrador, no hubiese logrado definirlos. Puedo decir con certeza absoluta, que el lector seguramente encontrará una variedad de respuestas a la duda planteada. Sin embargo, considero una que pueda aportar a la cuestión por lo menos para rascarnos la cabeza un rato.

He visto una variada cantidad de películas a lo largo de mi vida pero por supuesto que no las recuerdo todas. Pero por alguna extraña razón, usualmente recuerdo las que vi en el cine. Considerando que respeto con suma envidia a los cineastas, particularmente por su inigualable habilidad artística de crear y/o recrear un mundo que permite a los espectadores ser parte del mismo, pienso que nuestra identificación inconsciente con lo expuesto sobre la pantalla, nos ha conducido a creer que la vida se desenvuelve de la misma forma. Tantas veces, querido lector, hemos visto escenas que reproducen un amorfímero en su máximo esplendor y seguido de este, como si fuese obra de magia, pasamos a la siguiente escena de la película en cuestión. Así, para aquellos quienes ven y no miran, el amorfímero es propio del cine y no de nuestro día a día. Es más, cabe la posibilidad de afirmar que, gracias a aquellos quienes ven y no miran, la publicidad audiovisual viva en y por fenómenos semejantes a los amorfímeros.

La reflexión anterior me lleva a pensar, por un lado, que quizás se nos olvidó socializar fuera de cierto estado de ceguedad o en realidad nunca aprendimos a socializar y, así como en las películas, estamos esperando que la vida salte a la siguiente escena como si estuviesen ya escritas en un guion.

¿Será que la belleza misma de los amorfímeros es que, aun conociendo su existencia debemos ignorarlos para permitir que nos conduzca a este estado de duda perpetua que aquí, su amigo y humilde narrador, trata de resolver con Uds.?

Paulo Srulevitch
@PauloSrulevitch