Está claro que a lo establecido no le gusta que lo cuestionen, precisamente porque una vez cuestionado, se muestra con miedo y se percata de que su ciclo ya entró en la fase de duda,  donde será susceptible de ceder su trono. Cuestionarlo por cuestionarlo me parece el acto más justo. Es solo así que permitimos un espacio auténticamente individual para aceptar que todos pensamos distinto y es solo así que podemos verdaderamente empezar a construir sobre una base justa para todos.  Por eso en este fragmento, su amigo y humilde narrador, decide cuestionar la idea de identidad, nacionalidad, y si se quiere, la de patria; análisis que será visto desde el sentido de pertenencia al que cada uno de estas refiere.

A veces se nos olvida que las fronteras son meras líneas irregulares que delimitan un espacio de tierra. Se trata de líneas que crean un adentro y un afuera, separándonos inconscientemente del otro. Sobre éstas, se han construido imaginarios político-económicos que, a lo largo del tiempo, nos han hecho ignorar el verdadero valor que hay dentro de cada uno de aquellos espacios de tierra, su riqueza cultural. Adentro y fuera de las fronteras, se edifica constantemente formas de vida, ideologías políticas y lógicas sociales a las que los sujetos se ven arraigados. Pero una vez concebimos que las anteriores son compartidas tanto para los que están adentro como los que están afuera de la división que yace de aquella línea irregular,  nace el sentido de pertenencia. Usualmente este sentido, así creado, sumado al ego natural del hombre y la naturaleza misma del antagonismo entre los conceptos de inferioridad y superioridad, es excusa suficiente para separarnos entre nosotros mismos. Ignorando por cierto, que la tierra no es nuestra pertenencia y que, en todo caso, nosotros somos pertenencia de ella.

Un modo de verlo, pienso, es que al tratarse de categorías que pretenden reunir conceptualmente a subjetividades  que son todas distintas, dentro de su propia construcción priman ciertos imaginarios político-económicos que opacan lo que verdaderamente debería primar: los valores culturales que tan variada riqueza nos provee la misma humanidad.

La idea de nacionalidad la reducimos a un papél con un número largo y es éste el que nos hace ciudadanos de una nación. No me tomen por antinacionalista sino todo lo contrario. No soy ciudadano de ninguna patria, ni nadie lo es; somos ciudadanos de la tierra. El verdadero valor que tiene la identificación propia de una nación no debería ser el sistema legal que lo conforma sino su riqueza y variedad cultural; la educación y los valores que en ese espacio son legítimos; la comida típica de aquél espacio; la música que en ese espacio se oye; la flora y fauna que allí se encuentra; las personas que en ese espacio son relevantes; las religiones y cultos que en ese espacio son propios. Las fronteras no están para separarnos, están para recordarnos que en cada uno de los espacios que delimita, se encuentra el único factor que nos une como raza, la cultura misma. Al concepto de identidad lo entiendo de otra forma. En principio considero que la idea de identificación no es algo que se pueda materializar. La identificación, como la entiendo, no tendría que ser impuesta sino construida individualmente. Es utópico y hasta anárquico, lo sé, pero ¿qué gracia tiene estar acá y no querer siempre algo mejor?

Paulo Srulevitch
@PauloSrulevitch