Neoliberalismo, populismo y una tercera vía

Por Luciano Ingaramo.

Durante más de dos décadas, Argentina se batió en un duelo compuesto por dos modelos económicos que hoy representan una antinomia que continúa vigente: neoliberalismo-populismo. La política económica neoliberal consiste en que el Gobierno le retire todo el poder al Estado para entregárselo al mercado y a los grandes empresarios.

El objetivo que persigue es que las empresas públicas queden al mando de las corporaciones que forman parte del poder económico mediante su privatización. Este modo de privatización, denominado capitalismo, es directo y de conocimiento público: el régimen lo comunica a la sociedad. El neoliberalismo, en su ferviente convicción, cree que el mercado puede reemplazar a la función del Estado, que es la distribución equitativa de la riqueza. El populismo, en su creencia de tener la supremacía de la verdad, está convencido de que el Estado puede suplantar al mercado dirigiéndolo por medio de la ejecución de una economía planificada. Esto es, que el Gobierno (a través del Estado) se arroga la función que le compete al mercado: la de establecer la producción, la distribución y el consumo de bienes y servicios que surgen del juego de la oferta y la demanda.  El principal problema del populismo es que padece de una grave y terrible confusión: cree que el Estado es el Gobierno como si fuesen sinónimos cuando no lo son. El Estado es la forma y organización de la sociedad, de su gobierno y el establecimiento de normas de convivencia humana; es la unidad jurídica de los individuos que constituyen un pueblo. El Gobierno es un elemento esencial del Estado, integrado por aquellas instituciones y funcionarios públicos electos por el voto democrático a los que el ordenamiento jurídico confía la potestad de organizar, representar y regir al propio Estado.

El populismo repite como un loro que la salvación de la patria radica en que todas las empresas que fueron privatizadas por el neoliberalismo (al cual lo consideran su principal enemigo por ser el causante de todos los problemas que aquejan a la sociedad), deben ser estatizadas, es decir, tienen que quedar a cargo del Estado. De acuerdo. Ahora bien, ¿qué sucede si esas empresas, que ahora son de todos, no dan los resultados esperados?. ¿Cuál es la explicación de semejante paradoja?. Es evidente que hay algo que no está funcionando bien. Si dichas empresas, no están dando un nivel de rendimiento óptimo, -teniendo en cuenta que son financiadas con los impuestos que pagamos todos- significa que no están siendo administradas como si fuesen del Estado, sino más bien, como si fuesen de sus administradores, es decir, de los funcionarios del Gobierno. De esta manera, el populismo ha dado lugar a una nueva e indirecta forma de privatización del Estado: el estatismo. El estatismo, consiste en poner los recursos del Estado al servicio del conjunto de sus dirigentes políticos (el Gobierno Nacional) y no a disposición de la sociedad que lo constituye. Esto fue exactamente lo que hizo el gobierno kirchnerista durante sus últimos ocho años de gestión presididos por la “abogada exitosa”, la Sra. Cristina Fernandez de Kirchner. El kirchnerismo, mediante la promoción y la ejecución del estatismo, hizo del Estado una propiedad privada. Por eso, no es una coincidencia que Néstor Kirchner y Cristina Fernandez hayan apoyado la privatización de YPF durante el primer mandato del gobierno menemista en los años 90. Los Kirchner terminaron siendo más menemistas que el propio menemismo. Como decía el filósofo Aristóteles: “El verdadero discípulo es el que supera al maestro”. A los hechos me remito: el menemismo dejó un 27% de pobreza al final de su mandato en Diciembre de 1999. El kirchnerismo superó la marca: dejó un 29% de pobreza al abandonar el poder en Diciembre de 2015.

El populismo, es la imagen especular del neoliberalismo: mientras éste privatiza el Estado en aras de la concentración del poder económico, el populismo lo privatiza en aras de la concentración del poder político. El populismo autoritario, es el hermano mayor del neoliberalismo salvaje. Ambos anhelan la misma finalidad: saquear el Estado, léase quedarse con el dinero de todos. Cada uno por su propio camino. El primero lo hace a través de un monopolio privado y el segundo por medio de un monopolio estatal. Neoliberalismo y populismo: la transición de un mercado para pocos a un Estado para pocos.

Afortunadamente, después de 26 años, Argentina pudo quebrar con este contraste perverso y nefasto habiendo encontrado en el voto de las elecciones presidenciales de Octubre de 2015, una tercera vía representada por el actual Gobierno de la coalición Cambiemos presidido por el ingeniero Mauricio Macri: el desarrollismo. Este modelo, se basa en la industrialización de un país a través de inversiones de capitales privados extranjeros y nacionales con la finalidad de lograr su autoabastecimiento. Si bien cree que la inversión es el motor de la economía no está en contra del fomento del consumo ni de la exportación e importación. Pregona e incentiva la presencia activa de sectores empresariales y obreros en los planes de desarrollo. A su vez, cree que el Gobierno debe gestionar los recursos estatales poniéndolos al servicio de la sociedad para poder tener un Estado ágil, eficiente, transparente y justo. Aboga por el intervencionismo, es decir, por la intervención del Estado en el mercado mediante su regulación con la finalidad de evitar el surgimiento de monopolios y oligopolios debido a que promueve la creación de un capitalismo social.
Argentina aniquiló el mito de la polarización entre el color blanco y el negro al haber hallado un tercer color. Al igual que en Octubre de 1983, se puso en eje nuevamente rumbo hacia la consolidación de un desarrollo nacional y una democracia plena.

Por Luciano Ingaramo.