Mientras treinta personas todavía no volvieron del trágico recital del Indio Solari del sábado, todas las partes se desligan de la responsabilidad, hasta el público que ingresó sin entradas.

Mientras alrededor de 30 personas continúan desaparecidas y con el saldo trágico de dos fallecidos y decenas de heridos, comenzó la búsqueda de culpables que paguen los platos rotos, con el papel inevitable de los medios tratando de llevar “agua para su molino”, como se dice comúnmente para describir ciertas operaciones mediáticas. En el medio de intereses contrapuestos, un posible costo político muy alto para un intendente que apostó fuerte y perdió y un referente cultural con un poder de convocatoria único en el mundo que pone en juego la continuidad de su carrera. Con el diario del lunes, la autocritica de parte de aquellos que fuimos el sábado a Olavarría brilla por su ausencia.

Desde el principio las cosas no se hicieron bien, más allá de la evidente falta de infraestructura que requiere albergar un acontecimiento semejante. Desde el momento en que como asistentes al show del Indio Solari aceptamos el hecho de que amigos y conocidos entrarían sin entradas, como si fuera algo normal por el hecho de que miles de fanáticos harían lo mismo, aceptamos ser parte de algo que podía terminar muy mal por la cantidad de espectadores que irían. Asumimos el riesgo y lo asimilamos como una demostración más de fidelidad al ídolo.

En Olavarría, el panorama era el esperado: Miles de chicos (y no tan chicos) confirmaban que para ingresar a “La colmena”, predio donde se realizaría “la misa”, no era requisito excluyente tener la entrada, si no una elección que quedó demostrada a la hora de acceder por las puertas de ingreso, donde los controles eran nulos y la gente entraba y salía cuando quería. A nadie le sorprendió, tampoco el clima de camaradería habitual que existe en esa clase de espectáculos de rock, a pesar del consumo excesivo de alcohol que se acostumbra en las “previas”. Camaradería que lamentablemente terminó una vez empezado “el pogo más grande del mundo”.

Porque mientras todos cantábamos eufóricos “Vivir solo cuesta vida”, de “Ropa Sucia”, un clásico de Los Redondos, había gente que moría en medio del “fenómeno”, un monstruo de gente imposible de atravesar por personal de seguridad o asistencia médica. Fue cuando el pedido de “cuidarnos entre nosotros” del ex cantante de Los Redondos durante la semana previa fue inútil ante la impaciencia de una parte del público, que solo esperaba que el concierto continuara después del cuarto tema, como si el hecho de hacer un párate de casi media hora no fuera suficiente para percibir que lo que pasaba adelante, cerca del escenario, era mucho más grave que una simple escaramuza con los asistentes de seguridad que en principio muchos pensamos. Más tarde, después de la odisea de salir de la ciudad, recién conoceríamos la tragedia.

Luis Gimenez

Redacción TANGO

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