Viviendo en una sociedad tan compleja como la nuestra, es fácil, y prácticamente obvio, darse cuenta de las incontables escalas de gris que componen a la sociedad misma. Bien lo mencionaba Tolstoi, cuando escribía “…hay tantas opiniones como hay cabezas.” (Tolstoi, 1875) (Aviso de antemano, para aquellos fanáticos del autor recién mencionado, que, si bien he decidido partir en dos esta cita célebre, no ha sido en vano).

En todo caso, llama la atención de este fragmento, primero, la conciencia de saber que no estamos solos y segundo, que cada individuo tiene un modo de entender y percibir la realidad de forma individual. En otras palabras, a pesar de compartir el mismo espacio y tiempo, cada uno percibirá siempre algo distinto. Pero, y como siempre hay un “pero”, propongo mirar aquello que nos une. Usualmente se trataría de alguna clase de ideología política, o filosofía del pensamiento pero últimamente soy partidario del pensamiento que propone mirar el arte y sus diversos modos de expresión como el único aglutinante bajo el cual llegaremos a ser libres. Así presentado, si la salvación es el arte, la salvación, para muchos, será la música.

Una vez llegados a este mundo, respondemos de manera inmediata a la autoridad de nuestros padres. Sin duda figuras de autoridad de las que, bajo la relación amorosa que nos une a ellos, somos esponjas absorbiendo todo de su mundo ya construido. En varias instancias, aquello que les pertenece, está a nuestra disposición, con el fin de apreciar y recibir pasivamente. Es así que mamá me mostró U2 y a Depeche Mode a los 6 años. Fue en ese instante mismo que plantó aquella semilla que se fue construyendo en el tiempo y hoy dio frutos a gustos musicales que varían desde Radiohead hasta John Coltrane.

Pasado el tiempo, y entrados en la rebeldía inmadura e innecesaria de la pubertad, confío que la mayoría de nosotros atravesamos periodos de cuestionamiento e intriga; instancia que permite susceptibilidad absoluta y necesaria para la búsqueda de nuestra identificación. Comenzamos a ver más en nuestro entorno, y nos encaminamos por gustos que categorizados en géneros, en este caso musicales, nos llevan al sentimiento que nos es propio (O por lo menos que en aquel momento lo es). De esta forma, un vez identificados con un género, un estilo de música, construimos nuestro perfil y para nuestra sorpresa, nos encontramos con aquellos que comparten lo mismo. La música se vuelve no solo espacio para la identificación propia, sino colectiva.

Propongo por último varias cuestiones que no pretendo responder porque considero que al tratarse de algo tan subjetivo, la única respuesta estará también en nuestra subjetividad. Me llama la atención como la diversidad de los gustos musicales refleja tanto e ignoramos, quizás, la importancia que a esto corresponde. Consideremos la diversidad musical como el medio para entendernos con aquellos con quienes no solo compartimos gustos sino también con los que no. Quizás sea absurdo decir que la música popular refleja eso mismo, que es solo popular y que por ende no se toma la molestia de ser artística. No digo que lo popular no sea artísico, pero quizás hoy lo popular está vacío de subjetividad y no es nuestra la identificación que en ella encontramos, sino ella la que nos identifica a nosotros. En todo caso la cita de Tolstoi cerraba de esta forma “…debe haber también tantas clases de amor como corazones.”, por eso supongo que en esta vida se vale todo, hasta aquellos para quienes no se vale todo.

Paulo Srulevitch
@PauloSrulevitch