Luego del asesinato del secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, ejecutado por la agrupación guerrillera Montoneros el 25 de septiembre de 1973, y del asalto del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) al cuartel de la localidad de Azul, el 19 enero de 1974, el presidente constitucional Juan Domingo Perón, se dispuso a enfrentar a las organizaciones de guerrilla con un proyecto de ley de reforma del Código Penal enviado al Congreso que fue rechazado por los diputados de la Juventud Peronista que respondían a Montoneros.

Perón en ningún momento quiso que las Fuerzas Armadas participaran en la represión de la guerrilla, tal vez porque sentía una gran desconfianza por la alta oficialidad de las tres fuerzas, antiperonistas en su mayoría. Su intención de combatir a la subversión de las organizaciones armadas era a través de la ley y de un modo integral, no puramente militar. La reforma del Código Penal incluía cambios en la figura de la asociación ilícita y un agravamiento de las penas para la tenencia de armas de guerra.

José López Rega, -quien estaba al frente del ministerio de Bienestar Social-, creó junto al comisario general de la Policía Federal Argentina, Alberto Villar, una organización parapolicial y paramilitar de ultraderecha denominada Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) durante el gobierno interino de Raúl Lastiri (yerno de López Rega) en 1973, que estaba integrada por policías retirados, militares, agentes de los servicios de inteligencia, matones de las patotas sindicales y hasta por delincuentes comunes.

El objetivo era perseguir, secuestrar, torturar y eliminar a los sectores de la izquierda comunista infiltrados en el peronismo. El financiamiento se hacía con el desvío de fondos públicos del ministerio de Bienestar Social. Su debut oficial fue el 21 de noviembre de 1973, cuando una bomba colocada en el automóvil Renault 6 perteneciente al senador radical Hipólito Solari Yrigoyen, explotó e hirió gravemente sus piernas pero no logró matarlo; dos años más tarde repetirían el intento con otro artefacto explosivo sin lograr su objetivo.

Respecto a la sospecha de la responsabilidad que Perón habría tenido en la creación de la Triple A, el periodista Juan Gasparini (autor del libro “López Rega, la fuga del brujo”), afirmó que a su conocimiento no existen evidencias ni documentales ni testimoniales de que Perón haya tenido una intervención directa en ordenar los asesinatos que caracterizaron a la Triple A, pero lo que sí hay es una responsabilidad política de Perón de haber puesto a José López Rega y a Isabel Martinez en las posiciones de poder que ocuparon en su tercer mandato. Al médico de Perón, Jorge Taiana, alguien le avisó que la Triple A planeaba matarlo y se puso a resguardo.

Ese alguien era Antonio Benitez, el ministro de Justicia. Resulta una idea descabellada creer que Perón haya querido mandar a matar a su propio médico. El empresario Jorge Antonio, uno de los hombres de mayor confianza de Perón (alguien que conocía todos los secretos, quizás el único), dio una respuesta ambigua en una nota hecha por el historiador Felipe Pigna publicada en la revista Noticias en enero de 2004, cuando fue consultado sobre si Perón estaba al tanto del funcionamiento de la Triple A: “Sí y no. Sí, porque se tenía que enterar, y no porque no lo quería. Él no quería esas cosas”.

El abogado Eduardo Luis Duhalde, (militante peronista y autor de la revista “De frente” junto al político y diputado nacional Rodolfo Ortega Peña durante los años 70), habló acerca de esta cuestión en una entrevista concedida a “Miradas al Sur” en noviembre de 2011: “En una conversación que tuve con el ministro Antonio Benitez, a fines del 73, me dijo que el comisario Villar y López Rega habían hecho un planteo a Perón de crear un grupo que operara al margen de las estructuras legales. Perón, me dijo Benitez, los había escuchado y había guardado silencio. Creo que Perón sabía que se iba a hacer el proyecto, pero hay dos gestos que fortalecen mi convencimiento de la ajenidad de Perón en las acciones de la Triple A. Uno: mandar a López Rega y a Isabel a solidarizarse con el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen. Dos: el hecho de que en vida de Perón el primer crimen que cometieron, el de Mugica, no se lo adjudicaron”.

La conclusión que se desprende de estos testimonios, es que Perón sabía del accionar de la Triple A pero no tenía su aprobación. De hecho, él había manifestado públicamente su oposición a un modelo de represión ilegal en diciembre de 1973: “Muchas veces me han dicho que creemos un batallón de la muerte como el que tienen los brasileños, o que formemos una organización parapolicial para hacerle la guerrilla a la guerrilla. Pienso que eso no es posible ni conveniente. Hay una ley y una justicia y quien delinca se enfrentará a esa ley y a esa justicia por la vía natural que toda democracia asegura a la ciudadanía. Creer lo contrario sería asegurar la injusticia, y andaríamos matando gente en la calle que ni merece ni tiene por qué morir. Yo no he de entrar por el camino de la violencia, porque si a la violencia de esos elementos le agrego la violencia del Estado, no llegamos a ninguna solución”.

Hasta el momento de su fallecimiento, el fundador y líder del Partido Justicialista creyó que podía combatir la insurgencia de las organizaciones guerrilleras de izquierda con la reforma del Código Penal y los jueces constitucionales. En aquel entonces, Perón ya era un anciano. Lúcido, pero un anciano. Él tenía pensamiento propio, pero no tenía capacidad de acción prácticamente. Y en este sentido, era en cierto modo un prisionero de la edad. Y la persona que podía mantener la situación, su esposa, (María Estela Martinez), era la aliada más estrecha de López Rega. De modo que Perón tenía serias limitaciones reales a su capacidad de acción y por eso no podía enfrentar todos los problemas a la vez.

Además, estaba muy cansado, tenía un problema de la próstata y le dolía el corazón, lo cual le hacía estar cada vez más dependiente de su entorno. Pero es evidente que no podía ignorar los hechos violentos que se consumaban desde la extrema derecha, con el apoyo clandestino del aparato de la Policía Federal y de la mayoría de las policías provinciales. Por lo tanto, nadie en su sano juicio, puede afirmar que Perón fue el creador y organizador de la Triple A.

Sabiendo que su estado de salud era delicado y estaba en deterioro, cabe preguntarse si podría haber hecho algo para frenar las operaciones de López Rega con la Triple A, sobre todo teniendo en cuenta que era una organización que funcionaba como una federación de grupos y no tenía una conducción centralizada, lo que explica claramente el hecho de que la misma empezó a tomar vuelo propio en algún momento posterior a la muerte de Perón. Cabe recordar lo que dijo su amigo, el empresario Jorge Antonio, sobre cuál era la intención de López Rega con el armado del esquema de las Tres A: “Él quería el poder. Sabía que Perón no iba a vivir mucho”.

Luciano Ingaramo.