Concéntrese y hágase una pregunta: ¿cuántas veces se ha quedado afuera? O, mejor dicho, ¿cuántas veces lo han dejado fuera de algo? Si usted se reconoce como un lector triunfador, de seguro la respuesta será algo así como “pocas veces en la vida”. De lo contrario, si ésa no fue su respuesta, déjeme decirle que usted pertenece a la media; y como tal debo darle la bienvenida.

Generalmente, las personas que pertenecen a la media son personas comunes, y, al no suponer ello ninguna distinción, jamás se los oirá afirmar que están orgullosos de serlo. Porque ser una persona común implica no sólo ubicarse lejos de los puestos de mayor jerarquía sino también resignar nuestra aceptación social al escrutinio de los demás.

Muchos son los ejemplos que pueden citarse acerca de esta cuestión social, pero en nuestro caso particular pondremos el foco sobre uno de ellos, en el cual será el mercado quien decidirá la entrada y salida de los actores al entorno laboral. Estamos hablando, ni más ni menos, que del desempleo.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el desempleo o desocupación en el mercado de trabajo hace referencia a la situación del trabajador que carece de empleo, y, por lo tanto, de salario. Por ende, se trata de una porción de la población económicamente activa que estando en edad, condiciones y disposición para trabajar se encuentra sin un puesto de trabajo.

Ahora bien, si destacamos el carácter involuntario de esta situación, resulta inevitable preguntarnos: ¿por qué el mercado decide dejar afuera a un sector de la población?

En un principio, cuando entendemos el desempleo como un fenómeno social, las crisis económicas y las medidas de ajuste son, por lo general, las responsables de situaciones de desocupación. Éstas permiten que baje la demanda de trabajadores y aumente la inseguridad de las inversiones y, por lo tanto, que haya menos empresas o empleadores disponibles a tomar trabajadores.

Así también, se debe tener presente que el mercado laboral de una sociedad se maneja en base a su crecimiento. Esto significa que si aumenta la cantidad de postulados para un puesto determinado, es necesario que también se creen nuevos puestos de trabajo. Y, para que esto se produzca, la economía debe crecer en igual porcentaje a la cantidad de personas que buscan empleo.

Se trata de un círculo que se nutre de sus diferentes componentes. Si uno de ellos falla, se produce un desfasaje que trae como consecuencia un exceso de empleo o desempleo. Es decir: personas que se quedan sin poder aspirar a un puesto laboral porque el mercado se ha estancado.

Ahora que se han expuesto las causas se podrán comprender mejor sus consecuencias. Para esto, debemos tener en cuenta que el conjunto de las situaciones particulares del desempleo hace que se hable de él como un problema sociológico, quizás uno de los problemas más graves que debe enfrentar una sociedad en lo que respecta a su bienestar social. Sin embargo, no debe ser entendido nunca a través de la visión limitada de la Economía o de la Sociología ya que, en el fondo, es un problema que afecta gravemente a la realidad de las personas que lo sufren.

Esto se encuentra fuertemente vinculado con la concepción tradicional del “asalariado varón”, instaurada durante los Años Gloriosos del capitalismo de posguerra. Esta idea supone atribuirle al trabajador un reconocimiento social, pues el empleo no sólo permite la adquisición de un progreso económico sino también de una mejoría en términos simbólicos. Por lo tanto, mantener una situación de desempleo sostenida genera una pérdida de identidad, asociada a la ausencia de seguridad social y al descenso de autoestima.

No obstante, todo problema tiene una solución, así como también, toda cuestión de marginación puede ser revertida. En este caso particular, se debería realizar un intercambio de actores en la toma de decisiones. Esto significaría permitir la gestión conjunta del Estado y el Mercado en la regulación del terreno laboral.

Así, se puede concluir que para resolver este problema no existen más alternativas que una revisión de las leyes y una planificación económica que impulse el crecimiento. La diferencia entre el éxito o el fracaso de las mismas radica en si se trata de soluciones a corto o a largo plazo.

Por un lado, si los gobiernos no apuestan por este tipo de medidas y, en cambio, prefieren crear subsidios para ayudar gratuitamente a quienes no tienen empleo, están tapando un problema puntual en el ahora sin prever el mañana. Cuando estas personas hayan agotado el tiempo en el que pueden recibir esos subsidios, intentarán reinsertarse sin éxito en el mercado laboral y el problema de ese momento será peor.

Si en cambio, los planes del gobierno apuestan por el crecimiento económico, utilizando el dinero de los subsidios en la creación de leyes que promulguen el crecimiento e incentiven a los empleadores a mejorar la producción; posiblemente en un tiempo más largo, pero también más efectivo, podrán tenerse resultados favorables.

Después de todo, como dice un viejo proverbio: ¨Si hay algo peor que ser explotado por las multinacionales, es no ser explotado.”

Karen Milessi