Milan con un Hedi Slimane ausente y una estrella emergente que solo alumbra a los más desenvueltos (el ruso Gosha Rubchinskiy), la industria de los personalismos ha depositado toda su fe en Alessandro Michele. Un año después de su nombramiento, el director creativo de Gucci ha conseguido imponer su relato estético de forma progresiva y ahora definitiva. Topman Design, una de las colecciones más aplaudidas de la última edición de London Collections Men, y Bally, con un coetáneo de Michele a los timones (Pablo Coppola), se han inspirado de manera descarada en las líneas maestras de la casa italiana.

Su discurso linda, como mandan los cánones actuales, con el imperativo feísta: Gucci ha feminizado al hombre, ha resucitado colores de una viveza casi dolorosa, ha actualizado siluetas setenteras dudosamente favorecedoras y ha mandado todo lo demás al tacho de la basura. Y como su apuesta, aun siendo rompedora, no deja de ser comercial y fácilmente interpretable (al menos si la comparamos con Vetements o J.W. Anderson), Michele es el abanderado de la corriente dominante. No podemos obviar la posibilidad de que el prestigio del italiano se deba a la ausencia de Slimane en Saint Laurent, pero esa es otra cuestión.

Milan Fashion Week nos deja una idea algo confusa sobre la temporada primavera/verano 2017, una época en la que los diseñadores han decidido que el clima no será algo determinante. Guy Trebay, del diario The New York Times, se preguntaba hace unos días “de qué temporada estamos hablando” si Rodolfo Paglialunga propone ‘trenchs oversize’ para Jil Sander, Prada opta por cortavientos de colores ácidos y Versace apuesta por los impermeables hasta los tobillos.