No sé por dónde empezar. Quisiera que quien lea por primera vez estas palabras inscritas en tinta virtual sobre  este documento en blanco, le llame la atención o siquiera rescaten una pizca de su interés; por lo menos lo suficiente para comentar en alguna charla de merienda entre café y medialunas. Con un título que aún no he definido, desearía que me tuviera un poco de paciencia o por lo menos tratara de entender que el tema es justamente esto mismo que no logro. Se trata de aquello que en este preciso instante hace que el lector se maree y aburra, el “sin tema”, el famoso “bloqueo.” Si, su amigo y humilde narrador, también respira, come, toma café sin parar, y su frustración principal es la desconexión entre sus pensamientos y su puesta en palabras.

Qué tarea difícil que es pensar antes de hablar. Los escritores se proponen abarcar temas que llaman su atención. Sobre todo tratan de plasmar sus pensamientos sobre el papel, lo más preciso posible, todo para que en el intento, su lector, sienta el contacto que se transmiten en las palabras mismas. Escribir, para algunos, es la terapia de terapias. Jugar a ser dios con las palabras como vía para el desahogo mental, es un acto que ha logrado tanto para la literatura, que a veces obviamos su verdadero poder.

Encontrarse con la hoja en blanco es el momento más frustrante, quizás es porque se ha olvidado que escribir no es muy distinto que hacer el amor. La hoja en blanco siempre espera encontrarse con la tinta de la pluma para convertirse, a la vez, en un solo cuerpo; una sola pieza. Como amantes que se conocen de toda la vida, saben exactamente a qué ritmo debe rosarse el uno del otro para que una vez la idea o el pensamiento se presenten como conjuntos de palabras, se acerquen cada vez más al placer más puro; el contacto con el lector.

Comparto un análisis con el deseo de que inspire a alguno y comparta mi punto de vista. Una vez tenemos claro qué escribir y de qué  manera lo deseamos comunicar, el ejercicio es en sí una forma de liberar aquello que nos inquieta. Poder transmitir nuestras ideas no es tarea sencilla y menos cuando se trata de las palabras dado que limitadas a definiciones finitas, el escritor no solo hace un voto de fe en su léxico sino en su sintaxis. Éste último es precisamente donde se esconde la subjetividad de cada uno de estos. Entonces las palabras que usamos, y no solo para escribir, son meras pistas del autor mismo. Retomando la situación frustrante sobre la desconexión de los pensamientos y las palabras, podemos pensar que si hay una desconexión, se trata de una desconexión en el autor. Pero, en realidad, solo se trata de un autor que se ha alejado de su amante más fiel, la hoja en blanco.

Paulo Srulevitch
@PauloSrulevitch