Aquel viernes 13 de enero de 2012, el crucero Costa Concordia chocó contra un arrecife en la costa italiana. Francesco Schettino, su famoso capitán, reportó a la base de control lo sucedido mientras intentaba manejar la situación. Preso del pánico ante el infortunio, que terminó con el encallamiento y hundimiento parcial de la nave, Schettino decidió abandonar a su suerte a los tripulantes.

El barco encalló frente a la pequeña Isla de Giglio, en Toscana, lo que requirió la evacuación de las 4.229 personas a bordo. El saldo total de la tragedia fue de 32 personas, entre pasajeros y tripulación. Además, 64 personas resultaron heridas (tres de ellas de gravedad: una pareja de recién casados de Corea del Sur más un tripulante italiano tuvieron que ser rescatados de debajo de la cubierta).

La nave fue enderezada con éxito a mediados de septiembre de 2013 en una operación sin precedentes en la historia naval, para ser posteriormente desguazada en 2014. El complejo rescate, del que participó un equipo de 500 técnicos, 22 naves y ocho barcos, costó 600 millones de euros, y representa un hito en la historia de los cruceros.

Por este motivo, el Tribunal de Grosetto, Toscana, condenó hoy a Francesco Schetinno, ex capitán del crucero, a 16 años y un mes de cárcel. A pesar de que el primer oficial, Ciro Ambrosio, estuvo vinculado a la causa, Schettino fue el único imputado por homicidio múltiple, acto imprudente, abandono de la nave y daños al medio ambiente.

Tras siete horas de deliberaciones, Giovanni Puliatti, presidente del colegio de jueces, dictaminó esta condena inferior a la solicitud de la Fiscalía, que había solicitado 26 años y tres meses de cárcel. El antiguo capitán del Costa Concordia, que no estuvo presente en la lectura de la sentencia alegando fiebre, había declarado unas horas antes: “Aquella noche, también morí yo”.