El guardameta del seleccionado brasileño reveló en la previa de la Copa América, detalles de su conflictiva infancia cercada por la pobreza, el delito y las drogas. “Robábamos supermercados y entrábamos en casas ajenas”, lamentó Jefferson en una emotiva entrevista.

Jefferson de Oliveira nació en San Vicente, Sao Paulo, lugar donde vivió gran parte de su niñez. Como muchos jóvenes oriundos de villas miseria y familias marginadas, se vio tentado por el camino de la delincuencia, en parte para cubrir las necesidades básicas de él y la de su círculo íntimo.

“Tenía un amigo que prácticamente era mi hermano. Cuando estábamos juntos, robábamos supermercados y entrábamos a casas ajenas. En ese entonces, Cristian (su amigo) ya consumía drogas y me mostró lo que era la cocaína, algo que yo no conocía. Cuando observé la droga, pensé: él es mi hermano, pero debo seguir mi camino”, confesó el portero que se perfila como el titular de Brasil para el torneo que se disputa en Chile. La crudeza de sus palabras conmovió a la prensa deportiva en Sudamérica.

Tras decidir alejarse de esta vida, consiguió ser parte de un circo y en paralelo siguió luchando por su mayor anhelo y pasión: el fútbol. Aseguró que es un experto haciendo equilibrio y un valiente para lanzarse desde el trampolín: “Nunca llegué a hacer malabares. Pero elegí pasar más tiempo en el circo para escapar de los problemas de la calle, de la delincuencia y de todo lo malo. Aunque solo ganaba 16 dólares al mes, ese sacrificio valió la pena”.

“Todo lo que viví y aprendí en el circo me dio la fuerza, elasticidad y agilidad que poseo ahora mismo como portero. Dejé la que fue mi casa, a la familia y a muchos amigos en el camino con tal de perseguir mi sueño de ser futbolista profesional, muchos renunciaron, yo no”, remató Jefferson.

El arquero de 32 años que se inició en Cruzeiro, siguió en Botafogo y tuvo un breve paso por el fútbol turco antes de regresar al conjunto de Río de Janeiro, fue categórico en afirmar: “Desde el momento en que me separé, tomé las decisiones correctas en mi vida”.

En este sentido, Jefferson intenta dejar un legado para la sociedad, de modo que los jóvenes que se encuentran fuera del sistema puedan integrarse a él: “Todos merecen una segunda oportunidad. La gente debe ir directamente a la raíz del problema. En estos días, por desgracia, vemos a niños de 12 años cometiendo crímenes”.