El ex banquero Emmanuel Macron, de 36 años, asumió como nuevo ministro de economía. Tras la salida de Manuel Valls, existe un cambio de aire a nivel gubernamental.

En el Eliseo se  produjeron renovaciones, Macron, asociado al liberalismo, objeto su propuesta de reducir las 35 horas semanales de trabajo espantando a los socialistas. Plan que es visto con normalidad en muchos países del mundo. Antes de ser un flamante político, logró sacar a los franceses de su letargo veraniego y desató un apasionado replanteamiento ideológico sobre su propio pensamiento, después de haber sido designado en reemplazo del proproductivista Arnaud Montebourg.

«Un social liberal», según sus detractores, está dispuesto a llevar adelante reformas estructurales en la nación europea, los habitantes temen perder un estado de bienestar que no pueden financiar y postergan indefinidamente, y a quien no lo intimida la economía de mercado.

«Júzguenme por mis actos», pidió Emmanuel Macron para terminar con esta aureola de preconceptos, en su asunción, donde dedicó la mayor parte de su discurso a elogiar a su antecesor, Montebourg, y su «reorganización productiva» Made in France. Por último, Macron, hizo su diagnóstico: «Francia sufre dos problemas específicos: nuestra competitividad, particularmente degradada, y nuestro déficit presupuestario».

La transferencia de poder de Montebourg a Macron no debe ser confundida. Más que el debate sobre cómo abordar o no la austeridad y el déficit publico que va a superar el 4 por ciento en Francia. Su partida se debió a la necesidad de recuperar la autoridad presidencial para Holande ante los rebeldes dentro de su propio gobierno y la coherencia. Ningún otro podrá contestar la línea política y económica del jefe de Estado. La cohesión y la solidaridad reinan.

Damián Rosito