«Mientras Dios lleva adelante su creación y nosotros, los hombres, estamos llamados a colaborar en su obra, la guerra destruye. Destruye también lo más hermoso que Dios ha creado: el ser humano», expresó Francisco durante su homilía en el cementerio militar de FoglianoRedipuglia, en el marco de la conmemoración del centenario de los caídos en la Primera Guerra Mundial.

Tal y como hiciera san Juan Pablo II en 1992, sus palabras de paz repicaron esta lluviosa mañana en los páramos de dicha región norteña de Italia, en la que hace exactamente un siglo se conformaron las trincheras, convirtiéndose en uno de los frentes más encarnados del conflicto.

Serio, visiblemente emocionado y con un tono de voz creciente, el pontífice dijo que la guerra es «una locura» alimentada por conceptos como «la avaricia, la intolerancia y la ambición de poder» que a menudo encuentran justificación en la ideología, que lo destruye y lo trastorna todo.

Se trata de una situación que parece estar repitiéndose en la actualidad, momento en el que, según definió el pontífice, se vive una Tercera Guerra Mundial combatida por etapas mediante crímenes, masacres y destrucciones de toda índole.

Este belicismo globalizado se debe a que en la sombra de la sociedad convergen «planificadores del terror» o, lo que es lo mismo, «intereses, estrategias geopolíticas, codicia de dinero y de poder y una industria armamentística cuyo corazón está corrompido por especular con la guerra”, detalló.

El Papa rezó en solitario en el cementerio austrohúngaro, donde permanecen sepultados 14.550 soldados y luego se dirigió al cementerio militar de Redipuglia, donde reposan los cadáveres de 100.000 soldados italianos y donde celebró la misa, el acto central de este viaje pastoral de apenas cinco horas.

Karen Milessi