Desde la oscuridad se ven las siluetas de los 3 Carajo entrando en el escenario. La multitud aplaude. Groove repleto. Plaza Italia. Sábado 20 de junio. Mucho frío.

Los dos palcos laterales llenos de personas amontonadas para ver desde arriba el escenario, pero sin duda la fiesta está debajo en el campo. Corbata lo sabe: «¿Quien vino a saltar? ¿Vamos a divertirnos un rato?». Terry Lagner tira la primer nota con su guitarra probando la afinación. Corbata continua: «¿Quien vino a sacarse la mierda?». El público enloquece y suena el riff que le valió la aceptación popular al trío en el año 2002 y 2003, cuando en plena crisis nacional ellos salían por Mtv y Rock And Pop gritando «¡Sin Vergüenzas!». Y la letra no elude al bulto: «Miro la Tv y odio lo que veo, hay que meterlos a todos presos», ó «cómo cuesta mantener la esperanza ¡cuando la comida no alcanza!». ¿Es fuerte? Claro que es fuerte. Sin dudas la canción aún toca fibras sensibles. Quizás por eso se ha convertido en el himno del new metal argentino.

El trío no quiere que te distraigas y continúan con «El Error», y «Tracción a Sangre» junto la proyección del video detrás en una pantalla  gigante. «Humildad» al grito masivo de «No es creer menos en vos, es pensar menos en vos!». Y con el boliche a oscuras respirando agotado, suena la pista «In», donde un televisor hace zapping en los más tontos y cretinos asuntos de los que estamos acostumbrados día a día. Luego, «Histeria», canción que vuelve a golpear a la sociedad de consumo: «Creo que voy a vomitar / corten esa transmisión / ¡Un terrorista quiere salvarnos!». Y es que sin duda hay mucha más esencia punk en estas letras. Más aún que en toda la otra manada de chicos tatuados punkys a la moda que se autoproclaman duros. El mismo Corbata es quien observa: «Si tuvieran esa astucia para el bien…»

«Chico Granada» sobre la juventud rockera. «Triste» (otro himno sobre la esperanza), «Ironía» y «Trágico Mundo Caído». El público no deja de saltar. Con los puños en alto marcan los tiempos y gritan y hacen smosh y se levantan cada vez que alguien resbala en alguna ronda donde corren girando. Siempre está alguno que revolea un vaso de cerveza o de agua. Y es como una bendición. Lluvia en el desierto. Y después están los muchachos de la valla que están entrenados para tomarte de las axilas y bajarte al piso cuando venís surfeando sobre un mar de personas. Mientras tanto  Carajo se ocupa de hacer juego de luces, visuales a tempo, y sonar lo más fuerte posible. Andrés Vilanova… ya está con eso. Basta. El que le siga diciendo «Niño» no entiende nada. ¡Como golpea la batería! La calidad técnica, la calidad en fuerza y en show, es ideal. En lo personal, siendo bajista, no puedo dejar de observarlo. Sentado en su banqueta rebota en el lugar cada vez que le da un golpe directo a los platillos. Y siendo un trío de rock, Carajo es una banda armoniosa. Todo promueve un show de lujo y calidad.

El show sigue con «Drama». El público se vuelve loco. La canción se ganó el cariño popular.  Y está bien.  ¿Qué más decir del show? ¿Acaso está pasando algo más en el país? El nivel profesional es claro. Yo te aseguro que si pagás una entrada para Machinehead en el Teatro Flores, no habría mucha diferencia. Acá hay trabajo, estudio, maña, riesgo, estabilidad. En lo personal vi el show desde atrás pero fui hacia adelante durante varias canciones. Quiero decir que  a mis trotes no logré estar mucho tiempo cerca del escenario. La guitarra, los bajos, la presión sonora me aplastó. Los chicos que siguen día y noche el rock al palo estaban alegres y felices. Pero en mi caso… bueno. Imagínense mi expresión que mi novia me miró y me dijo «¿vamos para atrás?». Lo cual le agradezco. Y después ella no entendió cuando salí corriendo hacia adelante sin explicarle mucho y me vió volando por el aire haciendo smosh. Perdón, pero la canción  que continuó la lista, «Shock», me puede. Luego descansamos. Tomamos algo desde la barra atendidos por el genial trabajo de Mariano Tomassian de Groove que lleva adelante el Boliche como si fuera su casa.  Mientras de fondo sonaba «La Venganza de los Perdedores» (el nuevo himno de los que la remamos desde abajo), «Luna Herida» y «Ácido», que me hizo sospechar que durante la introducción de la canción, el operador de sonido de Carajo apaga el microfoneo y deja sonar la banda con el sonido desde el escenario. Y que cuando comienza la parte fuerte, desmutea todo haciendo que una pared sonora se amplifique en un instante llevándose puesto todo lo que esté delante. Por lo menos mi cuerpo sintió eso. Nos fuimos hacia arriba a los palcos para ver el fin del show.

«Libre», Corbata agradece, saluda, y reparte algunas billeteras caídas en el piso del campo y regaña a su público «Tenés que cuidar más tus cosas, querida», él sonríe. La gente también. Luego el as en la manga para el cierre. «Joder». El público salta cantando «Vivir es festejar!». La reacción a las notas de la banda es clara. Para mí, a diferencia de lo que dice Corbata, no es sólo «diversión». Si bien hay fiesta, también hay emoción. Fuerza, riesgo.

Con las luces blancas en el escenario y el campo, la banda se retira saludando. No hay biss. No hay vuelta. El público está satisfecho. Diecisiete canciones al sonido más fuerte que Groove permite. Sin mucha pausa entre tema y tema. Todas canciones enérgicas, demoledoras. Todos cantaron, saltaron y aplaudieron. ¿Qué más? Sábado a la noche en Plata Italia. Hace frío. El boliche entero se retira en seguida dejando en cambio un campo vacío lleno de vasos de plástico rotos y música de fondo. A casa que es tarde. Hace frío. Mañana será otro día.