No es otro barco cualquiera: el buque San Giusto es una nave de guerra italiana que, desde hace un año no hace operaciones militares, sino que tiene la tarea de ayudar a los “ángeles blancos” a salvar vidas en esa hecatombe del siglo XXI que, entre el silencio y la indiferencia de Europa, se está dando en el Mar Mediterráneo.

En las aguas idílicas del Mediterráneo, desde principios de este año, más de 2500 personas murieron en los denominados «viajes de la esperanza», según la Organización Internacional de Migrantes (OIM). Desde 2000, murieron ahogadas más de 22.000 personas. Todas huían de la miseria, el hambre, las guerras y la violencia, en busca de una vida mejor.

La San Giusto es una nave inmensa: tiene 133 metros de largo y 25 de ancho, 500 camas, una tripulación de 174 hombres y mujeres, capacidad de 620 toneladas, 34 vehículos acorazados y helipuerto. Es el cerebro de la operación Mare Nostrum, puesta en marcha hace un año por el gobierno italiano para que no vuelvan a ocurrir tragedias como la del 3 de octubre del año pasado.

Desde que comenzó a funcionar, el operativo salvó 90.061 vidas por sí solo y más de 138.000 junto a naves mercantiles. El 77% de los rescatados fueron hombres menores de 45 años, el 11%, mujeres y el 12%, menores de 18 años. Mare Nostrum cuesta nueve millones de euros por mes, que desembolsa la marina italiana. Emplea entre 700 y 1000 militares -aunque también hay civiles- y opera en un área de 71.000 kilómetros cuadrados.

«Las historias de esta gente son iguales a las de la Shoá [el Holocausto]. La diferencia es que estas personas se autodeportan, huyen de situaciones imposibles. Pero lo que yo me pregunto es ¿adónde irán? ¿podrán rehacer sus vidas?», reflexiona la doctora Songa, que aprovechó sus vacaciones para ser voluntaria durante un mes en la San Giusto.

El capitán de corbeta Antonio Giummo, otro «ángel blanco», dice que lo más impresionante es ver a los chicos, que casi nunca viajan solos. «Si esta gente arriesga la vida de sus hijos, significa que realmente huyen de una muerte segura», concluye Giummo. “Italia -advierte- está sola en esta emergencia humanitaria colosal. Pero si no estuviéramos nosotros, habría muchas más desgracias”.

El trabajo de los «ángeles blancos» es de 24 horas por día. Y es duro. Algunos inmigrantes llegan con fracturas porque fueron maltratados, torturados o estuvieron hacinados, con problemas cardíacos, diabéticos y deshidratados. Pero, sin dudas, ser rescatado por estos hombres en mitad de la noche o en plena tempestad es un milagro que vale la pena. No en vano la nave San Giusto se ha convertido en el orgullo de la marina italiana.