Hoy se cumplen 41 años de la muerte del ex presidente de Chile, Salvador Allende, y del golpe de Estado perpetrado por el general Augusto Pinochet.

Candidato por la Unión Popular, había sido electo presidente a través de la voluntad popular en 1970, con poco más del 36% de los sufragios. Asumió el 4 de septiembre de ese mismo año y durante su mandato, llevó adelante medidas tan ambiciosas como revolucionarias para la historia de Chile. Entre las más destacadas, se encuentran la nacionalización del cobre al comienzo de su gestión, para redistribuir la renta extraordinaria que hasta ese momento estaba en manos de las grandes empresas, y la profundización de la reforma agraria.

Resistido con unanimidad por los sectores más conservadores y refractarios de la sociedad chilena, Allende fue el primer presidente socialista en América Latina. De profesión médico y formación marxista, en los albores de la década del setenta supo encarnar por la vía pacífica la esperanza revolucionaria al calor de las luchas obreras.

Con un carisma pocas veces visto, era portador de una retórica admirable para llegar a las grandes masas. Entre sus discursos más recordados, se encuentran el de la Universidad de Guadalajara en 1972 y el de su partida, a través de Radio Magallanes, para transmitirle tranquilidad al pueblo chileno.

Como cuenta la periodista canadiense Naomi Klein en su libro La Doctrina del Shock, el derrocamiento de Allende fue parte de una operación conjunta orquesta y financiada por la CIA, en consonancia con empresas multinacionales, parte de la sociedad chilena y las Fuerzas Armadas.

La maniobra consistió en un desgaste de orden político y económico. En el plano político, se recurrió a los medios dominantes (llámese diario El Mercurio) para promocionar una campaña de prensa y desacreditar la imagen del gobierno localmente y en el exterior. En cuanto a lo económico, se procedió mediante shocks económicos (aquí recae una de las utilizaciones metafóricas del libro de Klein) al estrangulamiento de la economía chilena. De esta manera, se fue creando un ecosistema propicio que facilitara un nivel de conflictividad social adecuado para ejecutar el golpe.

La mañana del 11 de septiembre de 1973, las Fuerzas Armadas al mando de Pinochet bombardearon La Moneda, el Palacio Presidencial donde se encontraba Allende. El Golpe fue ejecutado en colaboración con la Fuerza Aérea y una fracción del cuerpo de Carabineros.

Allende resistió atrincherado en su despacho, con el casco del obrero sobre su cabeza y la empuñadura de la metralleta en sus manos, renunciando a renunciar y oponiéndose a que sus seguidores se volcaran a las calles para defender la integridad de sus conquistas. Todavía surgen debates sobre las causas de su deceso. Antes de morir, le dijo al pueblo: “Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza, que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser cegada definitivamente. Tendrán la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales, ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.

Federico Chiapparrone

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