“Dale boludo, abrí el molinete que nos perdemos el partido” se escucha en los alrededores del estadio cuando la gente llega tarde y se desespera por entrar. Los hinchas ya empiezan con sus típicos insultos en la previa del partido de cada fin de semana. A lo largo de los 90 minutos de juego, cada uno siente y se expresa de distinta manera.

Existe el hincha que se caracteriza por reclamar absolutamente todo, desde un tímido empujón hasta la patada más dura de todas: “¡cóbrala juez, casi le arranca la cabeza!”. Para él toda caída adentro del área rival es penal, todas las faltas a los jugadores de su equipo amerita tarjeta roja, incluso si el jugador se cae solo, y siempre tiene algún argumento para sostener su teoría.

Uno de los privilegiados es el del vozarrón, ya que tiene una voz extremadamente fuerte con la que levanta a la tribuna cuando en el partido no pasa nada interesante o su equipo está perdiendo: “vamos a cantar muchachos, no sean amargos”. En algún momento de silencio, utiliza su voz para gritar algo a la parcialidad visitante para las risas de los que están cerca de él.

Un individuo que habita en casi todas las plateas del futbol argentino es el que se dedica a putear a todos los jugadores del plantel.Cuando su equipo va ganando se limita a callarse y larga un insulto si algún jugador falla en un pase: “¡sácate las ojotas para jugar, burro!”. Si el equipo pierde, los despide con canticos y chiflidos: “oooh que se vayan todos, que no quede ni uno solo”.

También existe el que tiene un jugador de punto y solo se gasta en putearlo a él, ya sea por lo futbolístico: «4, no podes subir ni una escalera mecánica, muerto» o por temas personales: “deja de cabecear que vas a pinchar la pelota, cornudo».

Otro de los que se la agarra con una persona en especial, es el que insulta al árbitro durante todo el partido, solo hace falta que el réferi cobre algo para el equipo rival que ya explota a las puteadas: “¿qué cobras la puta que te pario? ¿Amontonamiento?».

El más intolerante es el hincha al que nada le viene bien, se queja de todas las decisiones del director técnico. Cuando un jugador no está teniendo un buen partido, este tipo de fanático pide que lo cambien: “saca al gordo del 5, ¿no te das cuenta que no da más?”. Minutos más tarde, el entrenador saca al 5 pero el reemplazante no tiene un gran partido y se queja nuevamente: “¿para qué lo metiste a este burro?, hubieras dejado al otro”.

El director técnico frustrado es el hincha que da indicaciones y hace gestos, aunque los jugadores no lo escuchen ni lo vean, como si fuese el entrenador del equipo: “¡dásela al 7 que está solo, pelotudo!” o “aguántala en el córner que ya se termina”, grita desesperadamente.

Al que nadie quiere tener al lado es al que está nervioso desde el pitido inicial ya que contagia su nerviosismo al resto. Ni siquiera cuando cobran un penal a favor de su equipo puede relajarse: “¿este pecho frio va a patear? Uh, no lo mete ni de casualidad”.

Por último, uno de los hinchas más odiados por la mayoría, apodado como “el panqueque”, cambia de opinión rotundamente en cuestión de minutos y se contradice fácilmente. Cuando el equipo va perdiendo, está indignado y grita con furia: “pongan huevo” o “si los vemos en un boliche, los mandamos al hospital”. Unos minutos más tarde, los jugadores logran dar vuelta el resultado y ahí es cuando este tipo de fanático deja los insultos de lado para convertirlos en elogios hacia el plantel: «… que salen a ganar, quieren salir campeón, que lo llevan adentro como lo llevo yo…», y despide a los jugadores con aplausos.

 Todos estos tipos de hinchas habitan las tribunas de cada estadio de Argentina. Desde el más eufórico que reclama todo hasta el que demuestra sus frustraciones de no haber podido ser jugador de fútbol o director técnico. Se muestran demasiado compenetrados en el partido como para darse cuenta de la cantidad de insultos y gestos que realizan durante los noventa minutos. Tanto estrés suelen ocasionarles consecuencias como no comer nada durante ese día y también pérdida de cabello aunque, en este último caso, algunos lo utilizan como excusa para no reconocer que los años le están pasando factura. En conclusión, viven y disfrutan el partido a su manera, pero lo que los une a todos ellos es la pasión que sienten por sus colores.