“Y se adentró en la escena con la desafiante curiosidad que lo caracterizaba. La impunidad estaba de su lado. Encarnaba el estereotipo clásico del protagonista del policial negro (con sobretodo incluido) y, como tal, sabía que su vida corría peligro. Lo supo desde el comienzo; eran los riesgos de la profesión. Sólo atinó a darle otra pitada a su cigarrillo y sentarse a esperar. Después de todo, él no era policía, era periodista.”

Vamos a jugar a un juego: se llama “periodismo de la inmediatez”. Sus reglas están marcadas por la actualidad, la banalidad y la superficialidad, y sus jugadores están dispuestos a adecuarse a las mismas. A su vez, ciertos intereses político-económicos serán los encargados de arbitrar dentro del terreno de juego, marcando faltas y sancionando a quienes intenten maniobras no permitidas. Una simple partida bien jugada resultatan entretenida como extraordinaria. Ahora bien, ¿qué sucede con aquellos que no están dispuestos a jugar al “juego de las noticias”?

Una visión pesimista del asunto sostiene que el periodismo se aleja cada vez más de sus objetivos originales. Lejos quedó la función social del reportero como voz de los “sin voz”, micrófono del pueblo o pluma de los oprimidos. Sin embargo, para aquellos que fueron instruidos con la ética de Richard Kapuscinski -aquel que invitaba a los periodistas a vivir en una “casa de vidrio”- existe también otro juego conocido como “periodismo de investigación”.

Pero éste ya no es un juego: sus reglas son la verdad, la dedicación y, por qué no también, el peligro, y sólo participa aquel que tiene las agallas. Porque el periodismo de investigación consiste, ni más ni menos, en sacar a la superficie verdades que alguien desea mantener en secreto, verdades que molestan, pero que resultarían de gran interés y utilidad para la mayor parte de la población. No obstante, tener información es tener conocimiento y tener conocimiento es también tener poder, y detrás de esta tríada maravillosa se esconden las consecuencias.

Este es el dato que da sentido al título: el saber supone riesgos, es por eso que el periodista de investigación está sometido a múltiples presiones que convierten esta actividad en una profesión difícil. La intimidación, los intentos de soborno, el hostigamiento y la censura están entre los peligros más leves de sostener una teoría y perseguir una verdad. Pero en otras ocasiones, el resultado es mucho más severo, pues se atenta contra la integridad física del periodista mediante amenazas, agresiones, desapariciones e incluso la muerte.

Después de policías y bomberos, los periodistas presentan la mayor cantidad de muertes durante el ejercicio de la profesión. Según datos de la Comisión Investigadora de Atentados a Periodistas (CIAP), en  2013 se registraron entre 70 y 129 asesinatos de periodistas. Se trata deuna cifra más o menos constante en las últimas décadas. Sólo en América Latina y el Caribe, la CIAP registró 225 asesinatos entre 2007-2013, con un promedio de 32 muertes por año.

Lo curioso de estos números es que el mayor porcentaje de las víctimas no responde a los efectos de la guerra, como el sentido común podría suponer. Por el contrario, estos periodistas tienen otro denominador común: casi todos cultivan el periodismo de investigación y enseñan la corrupción del poder político, muchas veces asociada con el narcotráfico. Como si esto fuera poco, en Latinoamérica existen países con políticas de Estado -no declaradas oficialmente- de matar a periodistas y redactores “molestos”, como ocurre en Guatemala y Honduras.

Si bien es cierto que en países como Siria e Irak han muerto varios corresponsales en ejercicio (cabe recordar a los reporteros asesinados en manos de soldados norteamericanos en el Hotel Palestine de Bagdad durante 2003), la lista de países más peligrosos para ejercer la labor periodística continúa encabezada por México, Brasil, Colombia, Guatemala y Honduras. En Colombia, por ejemplo, 194 profesionales de fueron víctimas de agresiones u obstrucción de su actividad durante 2013.

La triste conclusión que surge de este artículo es que la política de “matar al mensajero” resulta mucho más frecuente en países sin guerras y que los trabajadores de la profesión son victimados por mafias asociadas a los poderes fácticos locales. ¿Qué se puede hacer frente a esta situación? ¿De qué nos sirve que organizaciones internacionales exhorten a los gobiernos a terminar con la violencia, cuando la misma es cometida por agentes del propio Estado? Tal vez sólo nos queda la esperanza de hacerles comprender algún día que, como profesa nuestro lema de lucha, “no se mata la verdad matando al periodista”.

Karen Milessi