El 9 de octubre de 2012, varios islamistas irrumpieron en un ómnibus escolar en Mingora (en el valle de Swat, norte de Paquistán) y uno de ellos preguntó: «¿Quién es Malala?». Luego, le disparó un balazo a quemarropa en la cabeza. Increíblemente, el proyectil no acabó con su vida. En estado de coma, Malala fue evacuada a un hospital en Birmingham, en Gran Bretaña, donde recuperó el conocimiento seis días después. Había nacido la leyenda Malala.

La joven comenzó su lucha en 2007, cuando los talibanes impusieron su ley en Swat. Con sólo 11 años, esta hija de un director de escuela de convicciones pacifistas y de una madre iletrada empezó a escribir un blog en la página de la BBC en urdu, la lengua nacional, donde denunciaba el miedo y la imposibilidad de asistir a clase.

Debemos tener en cuenta que, según la publicación digital norteamericana The Daily Beast, en la provincia de Malala en Pakistán, de los 700 mil niños que no reciben educación, 600 mil son niñas, a quienes se les seguirá negando el derecho a la educación mientras no se les proporcionen los recursos y la seguridad para asistir a clase.

Está claro también que para la absurda cultura talibán el lugar de la mujer se reduce a vivir casi ocultas dentro de las casas, a no poder salir solas a la calle, a transitar toda su vida con atuendos que las tapen casi por completo (rostro y cuerpo) y, a partir de los 18 años, a procrear.

A pesar de todos estos obstáculos, la «estatura internacional» que logró Malala con sus ideas sobrepasó ampliamente su metro cincuenta de estatura real. Parecía un gigante en su último discurso dado en la ONU hace pocos meses desde la misma tribuna que fue ocupada por los grandes líderes del mundo.

Sin embargo, la contradicción se agiganta: mientras Occidente la aplaude y cobija cada vez más, en su país la silencian y el régimen talibán la amenaza sistemáticamente de muerte. La semana pasada el régimen anunció que aún no desestimó asesinar a Malala: en una declaración estremecedora, uno de los voceros del grupo talibán declaró a la cadena CNN que «si tenemos una nueva oportunidad definitivamente la mataremos y nos sentiremos orgullosos de eso».

Pero se les olvidó mencionar que la joven usa su valentía como una poderosa armadura de combate: dos días después, Malala declaró a la misma cadena que cambió de idea y que ahora ya sueña con ser médica sino política. E imagina ser electa algún día como primera ministra de Pakistán «para invertir más dinero en educación».

Probablemente, su coraje y su inquebrantable lucha sean lo que convierta a esta jovencita en un ser tan atractivo a los ojos del mundo. Resulta inexplicable entonces cómo aún puede ganarse más odio que respeto. Tal vez, porque Malala sea la expresión física y concreta de una sociedad que le ha dicho “Basta” a la tradición irracional de esconder a la mujer tras bambalinas. Y esa es una lucha que cuesta caro.

A modo de cierre, es necesario destacar la siguiente reflexión: ella asegura que nunca pensó que los talibanes fueran capaces de agredir a una niña. «Me preocupaba más por mi padre. Pero llegué a preguntarme ¿qué harías, Malala, si llegara un talibán? Lo golpearía con un zapato, pensé. Pero luego me dije: ‘si te encuentras con un talibán con el zapato en mano entonces no habrá ninguna diferencia entre tú y el talibán’”.