La política es la actividad discursiva por excelencia a la que todos nos sometemos ingenuamente. Creemos tener la verdad absoluta y la solución a cada desgracia política, económica y social de un país. Para nosotros el futuro de un país entero lo solucionamos en cuestión de una charla de merienda un domingo, o en un recorrido de taxi de regreso a casa.  Que sencillo es hablar de política y que fastidio debe ser ejercerlo.

No estoy a favor de ningún partido político, y menos de movimientos pseudo-alineados. No obstante si considero que es una lástima ser tan joven y no confiar en lo más mínimo a los representantes de quienes nos gobiernan.  Pienso que cualquier forma de hacer política, hoy por hoy, se ha reducido a una cultura de masas que se ha  acoplado con el tiempo  a las formas más populares de generar empatía con una figura política, particularmente el marketing y sus derivados, legitimando la ignorancia colectiva y lo popular como una fuerza  que ingenuamente nos convencemos de que verdaderamente existe. Tomo el caso Argentino, por ser el más cercano a pesar de que considero que la política se prostituye por igual en varias partes.

En Argentina suceden varios fenómenos curiosos a nivel político pero mencionaré solo uno de aquellos que más me llama la atención. La política argentina funciona de forma semejante al fútbol local. Los hinchas, tanto políticos como los de un club de fútbol, se ven la cara cada ocho días y es solo en la cancha que toman consciencia de cuántos son. Una vez reunida la masa de seguidores es que se consideran una fuerza colectiva legítima y plausible de acceder al poder.

Ahora bien, si con es recurrencia nos pusiéramos la camiseta política, hasta quizás consideraría la filosofía futbolera en la política como algo positivo. Pero  lo que sucede solo nos muestra  que el fanático de cualquier partido político en argentina, al igual que el hincha de su club de fútbol,  tiene un uso de razón no solo nulo sino absolutamente emocional.  Por ende, cuando hablamos de partidarios o adherentes a un partido político, se trata de una masa colectiva absolutamente inconsciente en un estado emocional puro. A tal punto alcanza esta suerte irracionalidad que adherimos, tanto al club como al político, “cueste lo que cueste”, “en las buenas y en las malas”. Soy fanático del fútbol local, pero considero ridículo e ignorante  a todo aquel quien no se ha percatado que los cánticos de hinchada a un partido político o su figura representativa, solo legitiman el espacio político como un espacio de entretenimiento, como si se tratara de un partido de fútbol.

Paulo Srulevitch
@PauloSrulevitch