Se presentó el Sábado 20 de junio. Dos horas de show. Junto a su banda, con un invitado. Recorriendo canciones de toda su discografía.

Las luces se apagan y el público queda en silencio. El Gran Rex está repleto un sábado a la noche.

«Él» suena como Opus mientras el telón rojo de varios metros de largo se abre. Pedro Aznar en vivo. Parado frente a su banda empuña un destornillador sobre su bajo azul oscuro. La canción es intensa y densa seguida del saludo: «Buenos noches Buenos Aires!». Y luego «Panteras de Polvo» del disco «Ahora».

Ocho luces azules blanquecinas giran sobre el escenario hacia el público alumbrando el Gran Rex repleto. Entre canción y canción Aznar ya cambió el bajo. Será algo usual a lo largo del show.

Camisa blanca, pantalón rojo y zapatos marrones. Parado en el frente del escenario y en el centro de su banda que, dispuesta como un abanico abierto al público, miran a Aznar y sonríen cuándo él les devuelve la mirada mientras las canciones suenan fuertes en el gigante teatro Gran Rex: Sin dudas, el papel del solista se transformó ahora en una banda íntegra. Y otro detalle extraño es que un micrófono está situado al borde del escenario a 30 centímetros del suelo.

Luego de los aplausos el Teatro es suspendido en silencio. En cada intervalo el público trasmite cariño: «Gracias Pedro!», «Genio!». Y «Pedro, te amamos!» seguido de aplausos y risas de espectadores que no se cansan de agradecer al músico. Y suena «Alcira y la Torre». El juego de luces es violeta y verde y la base de la percusión excelente. En una gran pantalla detrás unas visuales muestran una fotografía de dos manos abiertas con un trueno rojo dentro. La canción avanza, el estribillo es cantado por toda la banda y el público. Pedro Aznar hace aplaudir el tempo de la canción y se adelanta al borde del escenario y ofrece su primer solo de bajo en la noche donde las notas surgen mientras sus músicos lo acompañan tenuemente y el público aplaude el tempo. El solo de bajo es similar a bucear dentro de un huracán de graves que responden a agudos que giran de atrás hacia adelante. Pedro avanza entre las escalas y las retrocede, las hace avanzar nuevamente, las vuelve a retroceder, y al fin las rompe al medio. Cuando el solo está concluyendo el espectador aplaude fascinado, y Aznar saca un as ganador pisando y prendiendo un pedal de distorsión, estirando las cuerdas como si el bajo fuera una guitarra, avanzando velozmente por la parte alta del diapasón, haciendo vibrar al espectador que lo aclama a grito y aplauso. Así es: esto es arte. Al fin se instala la energía en el aire ,rompiendo el hielo.  Las canciones anteriores fueron para tantear y calibrar. Ahora sí arrancamos, nos entendemos.

«Bueno, agárrense, porque este es un show de dina – fakin – mita» aclara Aznar con otro cambio de instrumento. «En lugar de Pedro a la Carta, esto es «Los chefs recomiendan» ya que la banda entera eligió el repertorio».

Pedro Aznar baila con sus dos manos como un monje zen en el ritual del té mientras suena la introducción de «Ruinas sobre Ruinas» que canta «Papeles, papeles… Todo se puede comprar». Luego, «Fugu» y «Diana». El show avanza. Pedro logra que sus músicos toquen con claridad. Busca la firmeza y lo concreto. Los arreglos no abundan, pero cada uno vale por diez -lo que algunos llaman «criterio». Logrando una pared musical sólida, pero para nada dura, sino al contrario: abrazadora y cálida.

«Habéis terminado el primer plato» ríe Pedro. «Vamos a hacer ahora música de la tierra. De la Pachamama» y suena el popular «Zamba del Carnaval», (que grita a coro en el estribillo: ¡»Un empujón del diablo me anda faltando»!) y luego, la presentación de la banda y de todo el equipo de producción que hace posible esta presentación. Luego el bombo legüero  de Oliva es el pie de «El Seclateño», canción que Aznar grabó hace más de una década con la folclorista Suna Rocha. Ahora, en vivo, su tecladista Tomás Fares lo acompaña en los coros. Aznar sin dudas es el mismo cantando: con su gran grito cósmico en el cielo, la desnudez transparente del alma, y la postura clara del pecho abierto. Detrás en las visuales un dibujo de un indio mira fijo al público.

«Quiero decirte que sí» y luego «Rencor». Entre tema y tema Aznar hace un show aparte. Como un gran preámbulo de stand up explica de donde surgen las canciones, se ríe de la sintaxis general, de su propia locura en genialidad. «Vivo preguntándome cosas y respondiéndomelas a mí mismo. Piensen que en mi casa vivo solo, con 5 gatos». Y luego empieza la canción que es interrumpida en seco. Y aclara: «5 gatos felinos eh…». El público lo aplaude riéndose y luego Aznar presenta dos canciones nuevas. Intentando definirlas uno podría decir que la primer canción nueva es algo así como un Sting con arreglos de folclore y melodías vocales de Tanto. Y, la segunda, un rock más duro, que empuja hacia delante, como en las ultimas canciones grabadas por Paul McCartney, quizás

El músico chileno Nano Stern es invitado a cantar dos de sus canciones. Sentado junto a Pedro recuerdan anécdotas de Viña del Mar a comienzo de año. Haciendo mención al Manager brasilero de Aznar, Cosme de Oliveira, logrando que el show tome tinte íntimo y el publico la pase cómodamente bien. Sin dejar de ser una puesta de escena brillante, la calidez y la humildad logran que uno sienta que está cerca del músico. Sentado a su lado en un sillón tomando mate en su casa. Y es un lindo ambiente para estar incluido. Luego a dos guitarras lanzan las canciones de Stern que se despide al fin saludando una y otra vez agradecido.

 «Terrores Nocturnos», «Angie» de los Stones. «Vos sos mi Amor» y «Quebrado». Luego  «Los Perros del Amanecer». Una canción donde la poesía está en primer plano. «La libertad/ está hecha de madera/ una chispa cualquiera/ la puede hacer caer». La canción es intensa y el clima se relaja luego con «Lina de Luto».

Las canciones son acompañados por las visuales detrás del escenario y uno puede imaginarse a Pedro Aznar decidiendo las  visuales según sus propias imágenes mentales. Algunas no tienen forma y otras son videos caseros. Luego, desde fotos de personas o paisajes u objetos que trasmiten emociones. Siempre acompañando detrás al show que se desliza por el escenario como una hoja de otoño llevada por el viento.

Mientras la iluminación se apaga en el intervalo de la canción por venir, Pedro y la banda se acercan al borde del escenario sentándose en fila con guitarras. Aznar en el bajo. Y usando aquel micrófono extrañamente ubicado al borde del escenario, tocan «Hydra» del disco «Ahora», confirmando lo antes intuido: este show fue cocinado por la banda entera, en la sala de ensayo. Es otra cosa. Otra energía. Y está bien que así sea.

El show termina. Los músicos se despiden abrazados agradecidos. Pero el espectador de Aznar pide más. Aplauden y zapatean el suelo del Gran Rex aclamando. La banda reaparece con «Karma Police» de Radiohead. Y otra vez luego se despiden en saludos. Como en una pelea de box, el público no baja la guardia. Siguen aclamando y la banda retorna y alguien del público grita «¡No te vas a ir más, Pedro!». Luego de las risas generales y los aplausos suena «Shape of my Heart» de Sting. Detrás de la canción, en las visuales, una imagen de la Reyna de Espadas, el Rey de Bastos, El Caballero de Oro y el Nueve de copas. En una lectura del tarot de Marsella, esto significaría el Intelecto en su estado puro avanzando junto la Creatividad madura y realizada,  creciendo económicamente en el justo lugar del mundo, hacia la perfección emocional.

Los músicos se sientan nuevamente delante en el escenario a modo de fogón  y tocan «Blues de la Piedad». Del brasilero Cazuza que tranquilamente, podría ser una canción de la prosa del maestro García: «Vamos a pedir piedad, Señor, piedad; Para esa gente careta y cobarde».

El show termina. Y como cuarto biss  «Wild Horses» de los Stones, donde los ingleses cantan entre sus versos: «Tengo mi libertad, pero no tengo mucho tiempo. Se ha roto mi fe, y las lágrimas deben ser lloradas. Viviremos un poco después de morir». E irremediablemente recuerdo la película argentina Caballos Salvajes de 1995 («Wild Horses» en inglés). Donde Héctor Alterio muere al grito de «¡La puta! Que vale la pena estar vivo!». Y es que hay algo dulce y profundo allí, suelto en el aire. Se mantuvo en todo el show. Somos miles de personas sintiéndolo. Algo nos une. Yo todavía tengo mi teoría de que Pedro Aznar nos sana con su arte. Y que su público es formidable. Hay una ternura allí y en la gente que trabaja junto a él. Hay realmente una sincronía emocional. Estamos en serio frente algo real. No estamos consumiendo plástico, ni viendo a un gran ego famoso delirante y soberbio. Creo profundamente que realmente algo está ocurriendo. Y la vida y la muerte se disputan a cada instante el próximo movimiento. El arte hace su magia. ¿Qué es arte, entonces? Todo es arte. Todo es poesía. Es simplemente una unión inexplicable, totalmente mágica.

El show termina al fin. Las luces se prenden. El público ya no pide más, está satisfecho y alegre.

Afuera del Gran Rex la noche fría abraza y las luces de los autos se mueven alrededor como estrellas.

PH: Lali DURE