Los británicos dieron un portazo a la Unión Europea (UE) sin que sirvieran para evitarlo todas las advertencias del presidente estadounidense, Barack Obama, del Fondo Monetario Internacional (FMI) o de sus propios banqueros en la City londinense.

«La UE nunca más será lo que fue», tituló el «Times», y probablemente tenga razón. Las primeras consecuencias las asumió el primer ministro británico, David Cameron, que anunció su dimisión. Entre los interrogantes abiertos están si habrá una megacrisis en Bruselas y si Reino Unido sufrirá una recesión.

Durante la noche, el recuento fue una verdadera «ducha escocesa»: primero el instituto YouGov pronosticó una victoria de los partidarios de la UE y el populista Nigel Farage prácticamente reconoció su derrota, mientras la libra subía.

Pero poco después, lento pero sin pausa, las cosas cambiaron y los defensores del «Brexit» fueron ganando batalla por batalla e incluso allí donde se impusieron los europeístas la ventaja fue menor a la estimada inicialmente. Los mercados reaccionaron de inmediato: la libra se hundió al igual que las Bolsas.

Cuando salió el sol en Londres, ya estaba claro que había llegado la hora del «Brexit». ¿Será la liberación de Reino Unido de la dictadura de Bruselas, como alegaban sus defensores, o el inicio de una crisis económica, pérdida de empleos y depreciación de la moneda, como profetizaban sus adversarios?

Un destino que ya quedó sellado fue el de Cameron, que anunció su renuncia para octubre, cuando se celebrará un congreso de su Partido Conservador. Más de 80 diputados tories le pidieron en una carta que por el momento siga en el cargo para dar estabilidad al país.

En la reunión de los conservadores se eligirá a su sucesor -entre los candidatos con mayores probabilidades se menciona al ex alcalde de Londres Boris Johnson- y habrá seguramente elecciones después, porque a los británicos no les gusta ser gobernados por un primer ministro que no pase por las urnas.

Cameron jugó con fuego y se quemó. Fue él quien inició el proceso para el referéndum en 2013 para ganarse el apoyo de los euroescépticos. Al principio no decía ni una palabra positiva de la UE, pero después consiguió algunas reformas y concesiones por parte de Bruselas y de la noche a la mañana se convirtió en un fan del bloque. Una transformación que resultó bastante extraña.

La cuestión es ¿qué llevó a los británicos a salir de Europa pese a todas las advertencias? Durante mucho tiempo nadie creyó que los partidarios del «Brexit» realmente fuesen a salir vencedores. Pero finalmente escalaron posiciones de forma rasante en las últimas semanas, sobre todo con el tema de la inmigración.

El temor a los refugiados que llegan a Europa -pese a que Reino Unido no se ve afectado por los desembarcos masivos- fue el mismo tema central que agita a muchos en otros países, como los escandinavos, Francia o Alemania.

Se trata de un tema ideal para hacer estallar emociones y eliminar los razonamientos argumentados. Y no fue sólo el populista de derechas Nigel Farage el que se aprovechó de ello.

El problema de fondo es que incluso los más europeístas tienen que reconocer que en los últimos años la UE no ha estado en su mejor forma. La crisis del euro, la de los refugiados, el débil crecimiento: el club hace aguas por todas partes.

La ironía es que hayan sido los británicos, ese pueblo considerado pragmático y racional, los que hayan acabado metidos en una guerra de creencias cada vez más amarga y dura.

Fue la hora de los populistas y sus promesas irreales. Boris Johnson, miembro del partido de Cameron y uno de los impulsores del «Brexit» más populares, comparó a la UE con las aspiraciones de conquista de Hitler y Napoléon y habló del «Día de la Independencia» de la «dictadura de Bruselas».

También Cameron apostó por el miedo en el bando contrario, advirtiendo como una letanía de que la economía se derrumbará. Pero frente a las promesas milagrosas de los defensores del «Brexit», sus palabras parecieron mezquinas y poco convincentes.

El referéndum no era sobre datos económicos y de crecimiento, sino que lo que estaba en juego era algo más profundo. Johnson y sus aliados hablaban de la «soberanía», de volver a ser «el dueño de su propia casa».

«Detrás hay una necesidad desesperada de identidad nacional», opinó el autor Geoffrey Wheatcroft en el diario «The Guardian». ¿Cuál debe ser el papel de los británicos, ese pueblo que vive en una isla y que hasta hace poco dominaba amplias regiones del planeta?

«El euroescepticismo va del crudo racismo, pasando por el rechazo a los inmigrantes hasta el mezquino patriotismo y el anhelo de una época imaginaria que se ha perdido», opina Wheatcroft.

La UE se enfrenta a la peor crisis de su historia, y ya no será posible seguir adelante como siempre. Pero ¿cuál debe ser el curso a seguir?

Johnson propuso que Cameron siga al frente para negociar la salida del país. Una gran idea para los partidarios del «Brexit», que así tendrían un chivo expiatorio si las cosas no salen tan bien como ellos prometían. La renuncia del primer ministro es por tanto una invitación a los tories que defendieron la salida para que asuman también ellos las consecuencias.